En este 30 de marzo conmemoramos la fundación del Partido Comunista de El Salvador y el proceso de reorganización el 27 de marzo del 2005, fechas que sintetizan la continuidad histórica de la lucha revolucionaria de la clase trabajadora salvadoreña. Esta conmemoración no solo evoca la memoria de quienes han entregado su vida por la causa del socialismo-comunismo, sino que reafirma el compromiso de las nuevas generaciones con la transformación de la sociedad.

Comprendemos que la realidad nacional está determinada por su inserción en el sistema capitalista mundial, caracterizado por relaciones de dependencia y subordinación a los imperialismos. En el actual contexto internacional, las disputas interimperialistas por los mercados y los territorios promueven conflictos geopolíticos como el impulsado contra el pueblo de Irán, o la agresión de la que fue víctima el pueblo venezolano al inicio del presente año.

Las guerras imperialistas contemporáneas han develado con claridad su verdadero carácter: están orientadas al control y aprovechamiento de los bienes naturales estratégicos y a la explotación de la fuerza de trabajo de los pueblos. Bajo distintas justificaciones, las potencias capitalistas buscan asegurar el acceso a recursos como energía, minerales y territorios clave, al mismo tiempo que imponen condiciones que profundizan la dependencia económica y la subordinación de las naciones, orientando los intereses a la pirámide imperialista.

La reciente reunión impulsada por Donald Trump con varios presidentes con tendencias autoritarias de América Latina, en el marco de la llamada “Cumbre del Escudo de las Américas”, evidencia la reconfiguración de los mecanismos de dominación imperialista en la región. El imperialismo norteamericano promueve una articulación político-militar con gobiernos afines, orientada a consolidar su influencia geopolítica, contener la presencia de otras potencias y garantizar el control sobre territorios estratégicos y bienes naturales. Este tipo de iniciativas confirma que las alianzas impulsadas por el imperialismo no responden a los intereses de los pueblos, sino a la necesidad de asegurar condiciones favorables para la acumulación en Latinoamérica.

El Salvador no es ajeno a estas contradicciones. La economía nacional continúa sustentándose en un modelo que privilegia la acumulación de capital en manos de una minoría, mientras amplios sectores de la población sobreviven en condiciones de precariedad. La dependencia de las remesas, la debilidad del aparato productivo, la privatización de servicios esenciales y la orientación de la política económica hacia intereses externos evidencian la persistencia de un modelo injusto e insostenible.

Las problemáticas más sentidas de la clase trabajadora salvadoreña reflejan esta realidad estructural. El alto costo de la vida golpea diariamente a las familias, mientras los salarios permanecen insuficientes frente a las necesidades básicas. La precarización laboral, los despidos masivos en el sector público, la gentrificación de territorios, mega proyectos de construcción, el crecimiento del trabajo informal y la falta de seguridad social limitan las condiciones de vida digna. El desempleo y el subempleo continúan empujando a miles de salvadoreños a la migración forzada, fenómeno que desintegra comunidades y familias.

Asimismo, se observa un debilitamiento de los derechos laborales y sindicales, acompañado de una creciente concentración del poder económico y político. A esto se suman problemáticas como el acceso desigual a la salud, la educación y la vivienda, así como la persistencia de brechas sociales que afectan particularmente a la juventud, las mujeres trabajadoras y los sectores rurales.

Frente a este panorama, reafirmamos la vigencia del materialismo histórico y dialéctico como herramienta científica para el análisis de la realidad y la transformación revolucionaria de la sociedad. La experiencia histórica demuestra que la clase trabajadora, organizada y consciente de su papel histórico, es la única capaz de poner fin a las relaciones de explotación y construir una sociedad basada en la justicia social y popular.

En este sentido, sostenemos que es indispensable avanzar en la organización popular, fortalecer la conciencia de clase y articular las luchas de los distintos sectores oprimidos. Solo mediante la unidad de la clase trabajadora, el campesinado, la juventud y demás sectores populares será posible enfrentar las estructuras de dominación y abrir paso a un nuevo modelo de sociedad.

Ante esta realidad, planteamos las siguientes exigencias inmediatas:

  • Incremento sustancial del salario mínimo, ajustado al costo real de la vida y a las necesidades de la clase trabajadora.
  • Garantía plena de los derechos laborales y sindicales, incluyendo la libertad de organización y la negociación colectiva.
  • La estabilidad laboral a la población trabajadora. El cese de despidos masivos, acompañado de un proceso de reinstalo de la población trabajadora despedida de diferentes instituciones públicas desde el 2019.
  • Implementación de políticas públicas orientadas a la generación de empleo digno, estable y con protección social.
  • Acceso universal, gratuito y de calidad a los servicios de salud, educación y vivienda. Además de evitar la privatización de esos servicios.
  • Alto a la profundización del régimen autoritario. Democratización real de la vida política, económica y social del país, garantizando la participación efectiva del pueblo.
  • Cese con los procesos de gentrificación que promueven desplazamiento de la población de los territorios y de la población que trabaja por cuenta propia.
  • El cese de megaproyectos de construcción que desplazan forzosamente a comunidades de sus territorios.
  • El cese a la criminalización y persecución de personas dirigentes comunistas, sindicales, defensoras de derechos humanos, defensoras ambientales, periodistas y comunitarias.

En esta fecha histórica, hacemos un llamado a la clase trabajadora salvadoreña, a la juventud, a las mujeres, al campesinado y a todos los sectores populares a retomar las banderas de lucha, a organizarse y a construir un proyecto revolucionario que responda a las necesidades del pueblo.

La refundación del PCS en el 2005 rectifica el análisis erróneo del IX Congreso, que llevo a una ala oportunista a diluirse en un frente amplio y policlasista. Aquella decisión dejó a la clase trabajadora a merced de la barbarie capitalista; por ello, nuestra reconstrucción rescata la herramienta de vanguardia de la clase y pueblo trabajador, como la continuidad del verdadero legado revolucionario y la firme convicción de que un futuro socialista es posible y necesario.

¡Por la unidad, organización y lucha de la clase trabajadora!

 

San Salvador, 30 de marzo del 2026

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